Cuaderno
Cómo anunciar un cambio de carta en marzo sin vaciar el comedor
Marzo en Granada no es primavera de postal. Hay días de sol en el tajo y noches en las que el comensal sigue pidiendo el guiso de cuchara. Cuando la cocina retira el rabo de toro el mismo lunes que aparece el espárrago, la sala cobra el enfado. El cambio de carta no es un acto de estilo: es un corte en la costumbre de quien come aquí dos veces por semana.
La forma más limpia que hemos visto es un solape de diez días. Se deja un plato de invierno como «última cuchara» y se introduce uno de primavera como «primera verdura». La pizarra nombra ambos. El parroquiano entiende que no le echan; entiende que el mercado ha cambiado. En Torvizcón y Órgiva eso se nota en la receta de la abuela tanto como en el ticket medio.
La nota para prensa local no debe hablar de «nueva propuesta». Debe hablar de un productor con nombre y de una fecha: el jueves 20 llega la haba de la vega. Un crítico de comarca puede usar esa frase. Un texto sobre «experiencia gastronómica» no le sirve a nadie que escriba para el semanario.
En sala, el argumento no es el calendario de marketing. Es el frío de la cámara y el punto de la alcachofa. Mateo suele dejar tres frases en un papel junto al tique: qué se acaba, qué entra, qué se puede pedir todavía si alguien insiste. Esa insistencia es lealtad, no un capricho.
Si el local tiene web, un párrafo con fecha de cambio basta. No hace falta un manifiesto. Hace falta que el que reserva el sábado sepa si encontrará el arroz de invierno o el pescado de costa. La honestidad de la fecha evita mesas canceladas a última hora, que es el verdadero coste de un anuncio torpe.