Cuaderno
El lenguaje de una carta de verano en la costa granadina
En la costa, el verano trae mesas que no volverán hasta el año siguiente y parroquianos que bajan del valle los domingos. Una sola carta para ambos suele fallar en el tono: o se pone familiar hasta el chiste, o se pone solemne y el turista no entiende el corte de pescado.
Nombrar el puerto o la lonja ayuda más que el adjetivo «fresco». El comensal de hotel ya ha leído «fresco» en doce terrazas. Si el boquerón es de Motril y se frita el mismo día, la frase cabe en dos líneas. Si el pescado llega de otra lonja, también hay que decirlo: la sala lo agradecerá cuando alguien pregunte.
Los platos de invierno no tienen por qué desaparecer todos. Un arroz de monte, si cocina puede, da descanso a quien vive aquí todo el año. Anunciarlo como «el domingo sigue el arroz» es comunicación de hostelería, no un gesto nostálgico. Evita que el vecino ceda el comedor entero al visitante.
Los alérgenos y las raciones para compartir merecen el mismo cuerpo de letra que el nombre del plato. En terrazas ruidosas, una carta diminuta se convierte en una fila de preguntas al camarero. Cada pregunta retrasada es un plato que se enfría en la ventana.
Para la nota de temporada, una fecha de cambio y tres platos bastan. No hace falta enumerar la carta entera. Los medios de playa publican listas cortas. Si enviáis un PDF de ocho páginas, acaba en la carpeta de «cuando haya tiempo».